Hoy me enamoré del Sol y de su luz que todo lo cambiaba.
A él nada y todo le importaban.
Te daba lo único que necesitabas.
Estaba ahí dándolo todo y no haciendo nada.
Podía moverse, podía estar quieto... Daba igual ¡Era el Sol!
Podía moverse, podía estar quieto... Daba igual ¡Era el Sol!
Me miró. Él me vio. Supo que yo estaba ahí.
En verdad siempre lo ha sabido,
pero esta vez reconoció que me veía,
y no tuvo que decir nada.
Sólo su mirada me iluminó.
Sólo su mirada me dio la respuesta que necesitaba.
Sólo su presencia me lo dijo todo.
No necesité siquiera comer... él lo era todo.
El resto dejó de existir. Sólo estaba su mirada.
El resto dejó de existir. Sólo estaba su mirada.
Sólo su calor y su luz me hizo saber hacia dónde debo acercarme.
Entender qué aunque no sepa qué hacer, él siempre estará ahí con esa misma esperanza.
Ese mismo calor y esa misma luz.
Esa mirada que tiene siempre para todos pero que me la regaló por unos instantes porque supo que yo la necesitaba.
Y me dijo sólo con mirarme: "Ahí estoy y ahí estaré siempre".
Igual que como lo hubiera dicho un padre.
Sólo que nunca antes vi esa mirada ni esa imagen,
pero siempre la tuve sobre mi cabeza.
Él siempre estuvo ahí por si no había un padre que te pudiera entregar eso.
El Sol siempre estuvo ahí.
Y yo sólo necesitaba sentir esa mirada.
Y de seguro... él miró a mi padre de la misma forma.

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