"Muy bien" respondió la señora en la micro. "Estamos todos bien, gracias a Dios". Y a mí se me caía una lágrima al escucharlo. No poder decir nunca: "estamos todos bien", duele. Por eso no me gusta saludar, ni preguntar: "¿cómo estás?", porque sería una mentira responder lo que todos quieren escuchar. Y la verdad es que puedo mentir, pero me aburrí de hacerlo porque ya no puedo mentirme a mi misma. Por eso ahora esquivo y voy a lo esencial o lo puntual. Las cosas no cambiarán y este es el mecanismo que he desarrollado para adaptarme a esta permanente agónica situación. Agonía que bien lejos está de la muerte y que tan lejos está también de la vida. Es como el limbo. Por eso no me gusta encontrarme con gente. Porque ya sé qué preguntarán y se me escapa "el bien" y entonces miento. Y, repito; poco me importa mentirle al otro. El asunto importante es que al saber que me miento a mí, me conecto con lo que hay detrás de la mentira; el dolor, y ahí comienza la verdadera pesadilla. Mi propio limbo. Y ahí me quedo; en un lugar donde ojalá no me vuelva a encontrar con alguien, porque el limbo sobre el limbo es peor que un sólo limbo. Y ya no sé si podría con más que uno. Aquí es donde también aparece la soledad. Entre la soledad y el limbo ya ni sé cuál es cuál.
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